Por Claudio Martínez Cerda
La tolerancia es uno de los valores más significativos de la masonería, es más se podría afirmar que es parte de su identidad histórica. Este valor en principio surge como un constructo social vinculado principalmente al derecho igualitario de las distintas religiones, principalmente la protestante, en una sociedad en la cual la Iglesia Católica tenía una preeminencia no sólo religiosa, sino que también política. No está de más recordar que en Chile la separación de la Iglesia del estado sólo se produce en la constitución de 1925, con lo cual se consagra Chile como un estado laico.
En este proceso de construcción de una sociedad secular, en la cual la libertad de conciencia es un valor fundamental, además como soporte de la democracia, no estuvo exento de tensiones políticas y sociales, la masonería tuvo un rol central. Esto le valió una bula papal que declaró “pecado grave” la pertenencia de un católico a la masonería, cuya pena era la excomunión. Hoy se mantiene la consideración de pecado grave, y la pena de la excomunión se ha diluido con el paso del tiempo.
Hay que señalar además que la masonería ha sufrido también otra muestra de intolerancia en su historia, esto en un contexto en que tanto la tolerancia como valor y la intolerancia como disvalor, migran desde el contexto exclusivamente relativo a la libertad religiosa o de creencia, hacia un plano más amplio político y social. Es así como en el año 1923, la 3era internacional comunista, liderada y controlada por la Unión Soviética, declara la incompatibilidad entre ser comunista y masón. Esta declaración acordada a partir de una propuesta de León Trosky, llegó a Chile años más tarde, y tiene por consecuencia que no sólo destacados miembros del partido comunista renunciaron a este y permanecieron en la masonería, sino que el histórico secretario general del partido Comunista Carlos Contreras Labarca, fue obligado a renunciar públicamente a la masonería. Contreras Labarca, había sido iniciado en la Logia Franklin 27 a comienzos de la década del veinte. Puesto en la disyuntiva optó por el partido, no obstante ello, envió a su logia una carta donde expresaba su dolor por la decisión que tomaba, la que íntimamente lo perturbaba en su conciencia.
Otra situación en el mismo contexto de la intolerancia que de tanto en tanto se instala en el escenario político fue el episodio vivido por Salvador Allende en el seno de su propio partido. En el congreso del PS de 1966 en Chillán, se adoptó el acuerdo de declarar incompatible la condición de masón y socialista, bajo la acusación de que la masonería era una institución “burguesa”. Salvador Allende, masón activo presente en el congreso, tomo la palabra y dijo “si el partido me obliga a optar entre el partido y la masonería, opto por la masonería, a su vez si la masonería, cosa impensable, me obliga optar entre la orden y el partido, opto por el partido”. Luego de esta formidable muestra de tolerancia activa el acuerdo se abortó.
En estos dos episodios de tolerancia-intolerancia, queda plasmado el concepto de lo que denominamos tolerancia activa y no el mero el hecho de tolerar pasivamente al otro sin interactuar con él.
En efecto la expresión tolerancia viene del latín "tolerancia”, que significa " cualidad del que puede aguantar", fue mutando desde una actitud de resignación estoica, hasta situarse en el plano de una relación más simétrica, entre los miembros del cuerpo social y entre las corrientes de pensamiento que se expresan en el seno de toda sociedad con capacidad de reflexión y pensamiento crítico. Esto se traduce no sólo en "aguantar" al otro, sino a la aceptación de un pensamiento distinto al propio.
Por ello, distinguir la tolerancia pasiva de la tolerancia activa parece un ejercicio del todo necesario en la sociedad actual. Tolerancia pasiva sería aquella en la cual un individuo o cuerpo social, se limita a aceptar o "aguantar" a quien piensa distinto, sin otra calificación o condicionante y sin mediar interacción entre las partes. No reconoce, la tolerancia pasiva, estar disponible para interactuar con ese otro sujeto que piensa diferente, y mucho menos estar dispuesto a llegar a un consenso o a un acuerdo, y eventualmente revisar y cambiar de opinión después de interactuar con quién piensa distinto.
Este concepto, la tolerancia pasiva, carece de empatía, pues no se pone en el lugar del otro, como contrapartida a esto está la tolerancia activa, la que se caracteriza por generar un ambiente de diálogo en el cual se interactúa con quienes piensan diferente, sin condición previa, aun aceptando la posibilidad de cambiar de opinión, asumir parcial o totalmente la opinión del otro o en su defecto buscar un acuerdo como una síntesis de un proceso dialéctico, como es el diálogo entre personas que piensan distinto.
El espacio propicio para que se desarrolle la tolerancia activa, es la democracia y sus instituciones, las que tienen la misión de generar condiciones de diálogo que permitan llegar a acuerdos y consensos mínimos, en lo que algunos denominan pacto social. Resulta interesante acoger en este contexto el matiz que diferencia a la tolerancia pasiva de la activa. La una, tolerancia pasiva no construye paz social ni estabilidad política, la otra, tolerancia activa, construye futuro porque genera nuevas ideas y conceptos que surgen del confrontar en el contexto de la democracia, ideas y posiciones diferentes, incluso opuestas. Hoy día no sólo Chile tiende a una arriesgada maniobra de polarización, en la cual la tolerancia pasiva no deja espacio a los consensos o a los acuerdos en cosas que son de interés general, como es la seguridad entre otros tantos temas. Por ello un ejercicio de tolerancia activa parece indispensable en esta hora y edad en la construcción de un país del cual todos se sientan parte.
R:.L:. Pedro Lagos Marchant N°138, Valle de Chillán.